Monday, August 5, 2013

El Llanero Solitario


“Para ser un héroe necesitas llevar una máscara”, le dijo el indio al Llanero Solitario. 

Permítame recomendarle la nueva película del Llanero Solitario, protagonizada por Johnny Depp y Armie Hammer. A mí me ganó la música, aparte de los excelentes efectos especiales, paisajes y vestuario, desde el instante en que la orquesta comienza a interpretar el 4° movimiento de la legendaria y definitivamente heroica Apertura de la ópera Guillaume Tell, de Rossini, cuando la trompeta anuncia que el rescate viene en camino. La energía que evoca esa pieza musical es intoxicante.

 

El juego de relevos acelerados entre los instrumentos de viento y las cuerdas proyecta la imagen auditiva del jinete corriendo a todo galope sobre su caballo blanco por esos paisajes desérticos del norte de México, salpicados de cactus y formaciones rocosas impresionantes. La esencia del héroe enmascarado que lucha por la ley y las causas más justas choca contra las fuerzas del mal aunque se encuentre en desventaja y aunque ese mal se disfrace de… patriotismo.

Como muchas películas, El Llanero Solitario, podría parecer una película cómica y entretenida que recrea una historia de revista o comic para replantear su origen: “Cómo es que surge el Llanero Solitario”, contado por el testigo más cercano, su fiel amigo y compañero apache, que en realidad es comanche. Pero como toda historia que valga la pena, la trama no es tan sencilla como aparenta ya que debajo de esa superficie lúdica y de comicidad infantil subyace un mensaje oculto. Una crítica directa a los Estados Unidos de América, a su gobierno, a su gente, a sus tradiciones, a su ejército y al capitalismo voraz que permite que en nombre del progreso, la libertad y la democracia, un puñado de hombres poderosos maneje al resto como títeres sin cabeza ni voluntad. Así de fuerte.
 

Esos influyentes caballeros son los que jalan los hilos para mandar a los jóvenes, reclutados en su ejército, a la guerra, indoctrinados y convencidos de que van a liberar a personas inocentes de las garras, antes del comunismo, ahora de la dictadura de algún sátrapa (que curiosamente años atrás fueron sus mejores aliados y socios, en una situación se ha repetido muchas veces, en muchos países, incluyendo a Osama Bin Laden y a Saddam Hussein). En realidad esos jóvenes soldados son la carne de cañón de una fuerza abusiva que invade países, destruye familias y comunidades enteras para apoderarse de sus recursos naturales, arrasando todo a su paso. Esos magnates, sin escrúpulo alguno ordenan destruir ciudades, masacrar poblaciones, erradicar culturas y se meten en cada rincón corrompiéndolo todo para hacerse más ricos y más poderosos. Engañan a la sociedad y manipulan a los diputados y senadores norteamericanos para comprometerlos a invertir el dinero de la ciudadanía en sus empresas para desarrollar nuevas armas y tecnología para espiarnos y someternos a todos.
Compran conciencias, corrompen instituciones, pervierten las leyes, financiados por el dinero de los impuestos de la gente común. Y cuando el pueblo norteamericano duda y cuestiona esas acciones, esos ricachones dueños de los medios de información dan la orden a la banda y tocan el himno.

Todos se detienen y guardan honores a la bandera y juegan beisbol, y comen hot-dogs, e inmediatamente, como hipnotizados, olvidan todo o piensan que es mejor ser parte de este sueño americano, aunque a ellos les toque la pesadilla de vivir en la calle porque un banquero les mintió y se apoderó de su casa y sus ahorros. Y la ley y la policía están del lado del poderoso y si protestas, te golpean y te encarcelan, además de que quedas marcado, fichado. Ahora tienes una mancha en tu archivo personal. Aunque hayan ido a pelear bajo esa bandera rayada con estrellas, arriesgando la vida y se hayan sentido parte de “algo más grande”, luego son abandonados sin una pierna, sin brazos, sin futuro y sin sueños, corroídos de culpabilidad por haber matado a jóvenes enemigos indefensos, mujeres, ancianos y niños, obedeciendo la orden de un superior. Solos enfrentan la crisis de creer que había otra opción cuando nunca la hubo, sospechando que alguien cometió un terrible error. Los soldados no piensan, obedecen y ejecutan. El remordimiento viene después, así funciona la maquinaria de la guerra. Por eso tantos quedan dañados del cerebro y ese miedo, esa violencia, fluye como veneno cuando están de vuelta en casa e inunda sus ciudades y destruye sus comunidades. El karma se revierte. La sensación de miedo les queda grabada en la profundidad de sus conciencias y los hace aferrarse a sus armas al descubrir la cara del verdadero enemigo. Ese monstruo destructor y avaro que albergan en su propia casa.


Muchos ciudadanos norteamericanos no entienden como puede haber gente tan mala en otros países, capaz de ir a los EEUU a sacrificarse literalmente con tal de cometer un acto de terrorismo y matar a un puñado de inocentes que no le hacen daño a nadie. No ven más allá del miedo y no llegan a percibir la relación causa-efecto del daño que sus padres, sus compañeros, sus hijos y vecinos reclutados por el ejército, del cual parecen tan orgullosos, han causado en otras poblaciones del mundo, arrasando vidas y destruyendo hogares, contaminando el medio ambiente hasta dejar un vacío absoluto en los corazones de los vejados. Ven, leen y escuchan las noticias sin tomar conciencia de lo que sus conciudadanos, están haciendo y han hecho, durante varios siglos. No comprenden que no pueden tomarse el derecho de invadir países sin importar el pretexto. Les llaman agresores cuando se tratan de defender en su propia casa, para así justificar de alguna manera su presencia y el uso de una fuerza tecnológicamente superior, como si la invasión a Vietnam no hubiera sido un ejemplo lo suficientemente claro del error de su comportamiento, de su política exterior absurda. Y como muestra, hay varios botones en su propia casa. He ahí el abuso, la traición y aniquilación de las etnias nativas americanas. Los campos de exterminio llamados “reservaciones indias” a las que fueron remitidos los pocos supervivientes de las matanzas a los pobladores originales de esos territorios: Comanches, Apaches, Californios, Siux, Mohicanos, Navajos y tantas otras etnias que han aniquilado, culturas que han desaparecido para siempre. 


El personaje de Johnny Depp, “Toro” en la versión al español, representa al fiel compañero indio del justiciero enmascarado y se llama, originalmente en inglés, “Tonto”, lo cual siempre me ha parecido ofensivo y típico de la falta de sensibilidad de muchos gringos. Por mucho tiempo he considerado que se trata de un error conceptual. Ávido lector de la historieta, cuando niño, y aficionado al programa de TV de este dúo dinámico a caballo,
 

cuando tuve contacto con la versión en inglés, ese nombre me pareció una incongruencia del autor, quien promovía la justicia y las causas legítimas de los indígenas. Después de mucho análisis llegué a la conclusión de que el mensaje original que quería transmitir el autor era que el nativo no hablaba, que era mudo (en inglés, dumb) y en la película vemos que esa ausencia de lenguaje se debe a un trauma infantil terrible. El niño indígena carga en su conciencia la culpa de que por su indiscreción, con los 2 forasteros a los que salvó la vida y a los que enseñó el nacimiento del río con piedras brillantes, su tribu entera fuera aniquilada, quedando más huérfano que ningún otro ser. El caso es que como para muchos otros norteamericanos, para el autor, ser indígena le pareció ser sinónimo de mexicano y buscó la traducción de mudo - dumb en español y encontró una acepción distinta tonto - dummy. Un error grave que nunca se remedió. Por eso se cambió el nombre del personaje al español por Toro, a secas, aunque la tradición nativa siempre agrega un calificativo, como el caso de Caballo Loco o Toro Sentado.


Volviendo a la trama, puede usted disfrutar la película como una comedia de acción muy entretenida o analizar a fondo los mensajes que no están tan escondidos, de hecho son tan grotescos y directos que llaman la atención, pero ni modo que la prohíban en el país de la supuesta libertad de expresión. Queda claro, que si un norteamericano con conciencia quiere delatar los abusos y arbitrariedades que está cometiendo el gobierno o el ejército de los Estados Unidos, más vale dejarse puesta la máscara. De lo contrario te puede pasar lo que al oficial Bradley Manning, que fue encontrado culpable por filtrar información comprometedora sobre las irregularidades cometidas por el ejército estadounidense a Wikileaks.
 


Enfrenta la posibilidad de pasar el resto de su vida en una prisión militar a pesar de contar con el apoyo y aprobación de varios premios Nobel de la Paz y del ex-presidente Jimmy Carter. O como sucedió a Edward Snowden, el analista informático contratado por la NSA (la Agencia de Seguridad Nacional) que ha destapado la cloaca sobre la información obtenida mediante espionaje por esa agencia gubernamental que tiene por objetivo sustraer información confidencial de todos los gobiernos de todos países, aliados o no, e incluso a sus propios conciudadanos, sin que ellos lo sepan, amparados en su lucha contra el terrorismo. Este joven con conciencia se la ha pasado atrapado en el aeropuerto de Moscú por más de un mes, hasta hace unos días, en que recibió asilo político del gobierno ruso.



Finalmente, cabe mencionar el encomiable propósito de Johnny Depp de donar sus ganancias en esta película para comprar un rancho que es parte del territorio sagrado de la tribu Comanche. Este lugar fue convertido en una reservación india mediante acuerdos de no agresión signados por el presidente de los EEUU con los jefes de la tribu y luego, traicionando el acuerdo, la tribu fue atacada sin previo aviso, siendo enviados los pocos supervivientes a otras reservaciones donde no tenían arraigo. El gobierno vendió la propiedad a un particular. Esa propiedad está ahora a la venta. Una historia de película para denunciar una infamia histórica y perfectamente documentada.