Monday, February 14, 2011

El Rapto del Cisne

Siempre me ha llamado la atención la manera en que los psicólogos y los psiquiatras se internan en la trama de la vida de sus pacientes para tratar de descubrir el momento en que se dañó la autoestima, en que sobrevino el trauma y/o la frustración, como quien está buscando una escena específica en una serie de televisión vieja donde se tiene la oportunidad de revisar todos los capítulos anteriores. Para entender esa trama se necesita aprender los nombres y las características de los personajes involucrados, desde el punto de vista del narrador, que de alguna manera debería ser el actor principal aunque no pocas veces aparece como un actor de reparto o un “extra”. Para el analista es como vivir enfrascado en la vida de otras personas y como asesor, trata de aconsejar, orientar y guiar a cada paciente para que tome la mejor decisión y realice ciertas acciones para desenrollar algún nudo gordiano que lo estrangula.

Todos conocemos de las vicisitudes en la vida de los demás y hemos experimentado la manera en que puede afectar el saber lo que ocurre en esa trama, en la que está uno de “oyente” y a veces como actor. Ya sea como compañero, como hermano, como hijo, como padre o como amigo, es impresionante la carga emocional y el agotamiento que provoca participar. También es desesperante el lento pasar del tiempo para conocer el desenlace y constatar cómo reaccionaron las partes ante un determinado acontecimiento. Puede ser adictivo y definitivamente llega a ser emocionalmente extenuante. Ahora imagínese la inquietante situación que representaría el escuchar las vivencias y problemas de 5 o 6 pacientes en un día y así cada día laboral de la semana y del mes. Como la mayoría de las consultas a las que asiste un paciente de terapia son cada semana o cada 15 días, dependiendo de la gravedad del asunto, imagine la cantidad de historias, actores y dramas con los que tendría que familiarizarse para poder apoyar efectivamente a cada paciente. Por más que le gustara a uno el chisme, no quedaría tiempo, ni espacio, en el disco duro de nuestro cerebro, para tener una VIDA propia. Me imagino que sería, de alguna manera y perdonando la comparación, como ser una comadre lavandera de vecindad que se mantiene al tanto de “la vida y obra” de más de 50 personas. La cantidad de información puede llegar a ser impresionante.

Parte importante del entrenamiento de estos profesionales de la salud mental, estriba en aprender a no involucrarse en la trama, no generar afectos y no tomar decisiones por las personas a las que tratan de ayudar. Es más común de lo que uno podría imaginarse que la situación a la que se enfrenta el paciente se le antoje al que escucha. Sobre todo si su propia vida es aburrida y un tanto vacía de emociones. En ocasiones, el analista se ve atraído por la personalidad, la situación económica, el entorno o incluso por el físico del o de la paciente, y apoyados en esa relación de confianza que se establece con el que escucha, acaban por enamorar y enamorarse, cuando deberían estar ayudando, y como decían los merolicos de banqueta “atrás de la raya que estoy trabajando” (Eso ocurre en la serie de TV “Gary Un/married”, por ejemplo, en la que la esposa del protagonista se enamora del psiquiatra y deja al esposo para casarse con su analista)

Por esa razón, en otros países (no he escuchado que esos controles existan en México pero realmente lo ignoro) los analistas, ya sean psicólogos, psiquiatras o filósofos, para poder ejercer la práctica necesitan pertenecer a una asociación que avale y certifique su preparación y desempeño, escuche quejas de abuso y puede llegar a suspender y hasta multar y expulsar al Profesional de la Salud Mental que viole el Código de Ética establecido y aceptado por el gremio.

En este libro, que surge como heredero de la fama que Elizabeth Kostova obtuvo en su publicación anterior (La Historiadora), se sumerge en la vida de un competente, serio, formal, confiable, correcto y aburrido psiquiatra que como atractivo personal resulta ser un artista aficionado a la pintura, actividad que llena sus escasos tiempos libres y que comparte con un paciente que padece un serio problema de comportamiento. Este paciente refleja a lo largo de su descripción una serie de detalles que nos revela un profundo conocimiento de los desórdenes mentales típicos de las personas creativas, por parte de la autora. Me refiero a esos comportamientos, de alguna manera característicos de algunos pintores famosos y que la sociedad califica de excéntricos. Salvador Dalí, José Luis Cuevas, Pablo Picasso, Vincent Van Gogh, Paul Gauguin, por mencionar a algunos, podría considerarse que no estaban del todo bien de sus facultades mentales y que se balanceaban entre la genialidad y la locura, aunque la línea que separa a los que supuestamente están bien de los que no, es muy tenue y rara vez es recta.

Además de lo anteriormente relatado, destaca el conocimiento del que hace gala Elizabeth Kostova sobre el desarrollo del movimiento pictórico, para mi gusto, más atractivo en la Historia del Arte en Occidente: El Impresionismo. La autora nos inventa a un personaje que inserta entre la baraja de protagonistas de este movimiento con epicentro en Francia de tal forma que emociona descubrir a esta artista y su historia particular, la cual encaja a la perfección con la excentricidades de los demás integrantes de los ISMOS pictóricos de finales del siglo XIX y principios del XX. Le recomiendo mucho este libro que ilustra al intelecto y al alma de muchas maneras. www.theswanthieves.com
Cosa que tratamos de elevar el nivel de lectura per cápita en México, lo cual no estaría nada mal.

El Rapto del Cisne

Siempre me ha llamado la atención la manera en que los psicólogos y los psiquiatras se internan en la trama de la vida de sus pacientes para tratar de descubrir el momento en que se dañó la autoestima, en que sobrevino el trauma y/o la frustración, como quien está buscando una escena específica en una serie de televisión vieja donde se tiene la oportunidad de revisar todos los capítulos anteriores. Para entender esa trama se necesita aprender los nombres y las características de los personajes involucrados, desde el punto de vista del narrador, que de alguna manera debería ser el actor principal aunque no pocas veces aparece como un actor de reparto o un “extra”. Para el analista es como vivir enfrascado en la vida de otras personas y como asesor, trata de aconsejar, orientar y guiar a cada paciente para que tome la mejor decisión y realice ciertas acciones para desenrollar algún nudo gordiano que lo estrangula.

Todos conocemos de las vicisitudes en la vida de los demás y hemos experimentado la manera en que puede afectar el saber lo que ocurre en esa trama, en la que está uno de “oyente” y a veces como actor. Ya sea como compañero, como hermano, como hijo, como padre o como amigo, es impresionante la carga emocional y el agotamiento que provoca participar. También es desesperante el lento pasar del tiempo para conocer el desenlace y constatar cómo reaccionaron las partes ante un determinado acontecimiento. Puede ser adictivo y definitivamente llega a ser emocionalmente extenuante. Ahora imagínese la inquietante situación que representaría el escuchar las vivencias y problemas de 5 o 6 pacientes en un día y así cada día laboral de la semana y del mes. Como la mayoría de las consultas a las que asiste un paciente de terapia son cada semana o cada 15 días, dependiendo de la gravedad del asunto, imagine la cantidad de historias, actores y dramas con los que tendría que familiarizarse para poder apoyar efectivamente a cada paciente. Por más que le gustara a uno el chisme, no quedaría tiempo, ni espacio, en el disco duro de nuestro cerebro, para tener una VIDA propia. Me imagino que sería, de alguna manera y perdonando la comparación, como ser una comadre lavandera de vecindad que se mantiene al tanto de “la vida y obra” de más de 50 personas. La cantidad de información puede llegar a ser impresionante.

Parte importante del entrenamiento de estos profesionales de la salud mental, estriba en aprender a no involucrarse en la trama, no generar afectos y no tomar decisiones por las personas a las que tratan de ayudar. Es más común de lo que uno podría imaginarse que la situación a la que se enfrenta el paciente se le antoje al que escucha. Sobre todo si su propia vida es aburrida y un tanto vacía de emociones. En ocasiones, el analista se ve atraído por la personalidad, la situación económica, el entorno o incluso por el físico del o de la paciente, y apoyados en esa relación de confianza que se establece con el que escucha, acaban por enamorar y enamorarse, cuando deberían estar ayudando, y como decían los merolicos de banqueta “atrás de la raya que estoy trabajando” (Eso ocurre en la serie de TV “Gary Un/married”, por ejemplo, en la que la esposa del protagonista se enamora del psiquiatra y deja al esposo para casarse con su analista)

Por esa razón, en otros países (no he escuchado que esos controles existan en México pero realmente lo ignoro) los analistas, ya sean psicólogos, psiquiatras o filósofos, para poder ejercer la práctica necesitan pertenecer a una asociación que avale y certifique su preparación y desempeño, escuche quejas de abuso y puede llegar a suspender y hasta multar y expulsar al Profesional de la Salud Mental que viole el Código de Ética establecido y aceptado por el gremio.

En este libro, que surge como heredero de la fama que Elizabeth Kostova obtuvo en su publicación anterior (La Historiadora), se sumerge en la vida de un competente, serio, formal, confiable, correcto y aburrido psiquiatra que como atractivo personal resulta ser un artista aficionado a la pintura, actividad que llena sus escasos tiempos libres y que comparte con un paciente que padece un serio problema de comportamiento. Este paciente refleja a lo largo de su descripción una serie de detalles que nos revela un profundo conocimiento de los desórdenes mentales típicos de las personas creativas, por parte de la autora. Me refiero a esos comportamientos, de alguna manera característicos de algunos pintores famosos y que la sociedad califica de excéntricos. Salvador Dalí, José Luis Cuevas, Pablo Picasso, Vincent Van Gogh, Paul Gauguin, por mencionar a algunos, podría considerarse que no estaban del todo bien de sus facultades mentales y que se balanceaban entre la genialidad y la locura, aunque la línea que separa a los que supuestamente están bien de los que no, es muy tenue y rara vez es recta.

Además de lo anteriormente relatado, destaca el conocimiento del que hace gala Elizabeth Kostova sobre el desarrollo del movimiento pictórico, para mi gusto, más atractivo en la Historia del Arte en Occidente: El Impresionismo. La autora nos inventa a un personaje que inserta entre la baraja de protagonistas de este movimiento con epicentro en Francia de tal forma que emociona descubrir a esta artista y su historia particular, la cual encaja a la perfección con la excentricidades de los demás integrantes de los ISMOS pictóricos de finales del siglo XIX y principios del XX. Le recomiendo mucho este libro que ilustra al intelecto y al alma de muchas maneras. www.theswanthieves.com
Cosa que tratamos de elevar el nivel de lectura per cápita en México, lo cual no estaría nada mal.

Friday, January 21, 2011

Los 36 Hombres Justos

Imagine por un instante que el planeta Tierra mantiene un orden dado por la Naturaleza, por la Divinidad, una combinación de factores que los intelectuales y los estudiosos de la religión y la ciencia han tratado de develar desde el origen de los tiempos. Y este orden incluye a la humanidad completa y su comportamiento, el rol de cada individuo dentro de la comunidad global. Para que funcione, este planeta con todo lo que vive en él, requiere de un balance y si se rompe se puede precipitar una situación crítica. El día del juicio Final, provocado a propósito.

Me da la impresión de que el autor de este libro trata de hacer algo similar a lo que hizo Dan Brown con el Código Da Vinci, una trama de intrigas que hace alusión a la tradición de las sociedades secretas incrustadas en los países de religión Cristiana y sobre todo en esa relación de conflicto con el poder de la Iglesia Católica. En el caso de este libro, Sam Bourne se sumerge en una intriga que se enreda en la tradición hermética de la religión y cultura judía que incluye a la Cábala o Qabbaláh, el Árbol de la Vida y la estructura del conocimiento de los Rabinos y sus grupos de estudio.

Es interesante que en la mayoría de los países tradicionalmente católicos se ignore tanto acerca de la religión y las tradiciones propias de los judíos. Sin embargo, resulta paradójicamente fácil de comprender. Tenemos más o menos de 200 años de independencia (México) y de que desapareció el Santo Oficio, la temida y cruenta Santa Inquisición Española, lo cual explica este fenómeno. Inmersa en esa leyenda negra, la cultura latinoamericana mantiene muchos elementos que perduran a través de los tiempos. Uno de ellos es el evitar a toda costa la curiosidad de saber acerca de las costumbres y tradiciones de las personas que practican otras religiones, en especial la religión de Jesús.

En tiempos remotos, eso podría atraer las sospechas del Inquisidor General y sus alguaciles, lo que significaría la desgracia para la familia, de una u otra manera. El infame fraile agustino, confesor de su Majestad, la Reina Isabel I de Castilla, Tomás de Torquemada, encargado de la Santa Inquisición, fue más temido que el mismo Diablo. Los historiadores del Santo Oficio dan fe de los más de 10,000 homicidios en la hoguera y alrededor de 27,000 torturados y exiliados bajo su mandato, “en nombre sea de Dios”. Eso seguramente le quita lo curioso a cualquiera y el efecto se ha perpetuado por muchas generaciones.

Un dato interesante sobresale a este respecto. A los judíos en España no se les juzgaba solamente por tener creencias religiosas diferentes a las católicas, sino más bien por ser descendientes de los judíos que habían causado la muerte de Jesús (quien por cierto era judío). Por tal razón, podían acusar a una persona de ser un judío converso (que se había vuelto cristiano tratando de evitar la persecución), razón suficiente para declararlo culpable, incautarle sus bienes y condenarlo a muerte en la pira o desterrarlo, en el mejor de los casos. Situados en la Historia de la Península Ibérica, dominada durante 8 siglos por el Islam, finalmente los musulmanes fueron derrotados por los católicos en el mismo año en que Cristóbal Colón descubrió el nuevo mundo (sin saberlo). Los Reyes Católicos (recordáis que “tanto monta, monta tanto, Isabel como Fernando”) se habían impuesto la tarea de erradicar a todo infiel de entre su población, a lo cual ahora se le define como limpieza étnica-religiosa, un crimen de guerra. Por entonces se decía que “los pecados no son de España sino del tiempo” y santa paz.  Es curioso, por cierto, que esta persecución no se realizara a rajatabla, ya que son bien conocidos muchos apellidos que adoptaron estos judíos o musulmanes conversos a los que peyorativamente se les llamaba “marranos”, precisamente por comer carne de cerdo, practica exclusiva de los cristianos.

Generalmente estos apellidos conversos tomaban nombres de animales, de cosas o eran adecuaciones al sonido del apellido original. Tal es el caso de Calderón o Fuentes (cosa), Garza o Becerra (animal) y Benavides (del árabe Ben-hijo y Avid-guerrero valiente).  Por si las moscas, de ahí surge la costumbre española de tener una pierna de cerdo colgada cerca de la puerta de la vivienda o negocio. En caso de encontrarse algún sospechoso rondando y vigilando nuestros movimientos (posiblemente un espía del Santo Oficio), se cortaba una tajada de la pierna y se le comía ahí frente a todos, señal de que no se practicaba el judaísmo ni se seguían las enseñanzas de Mahoma, pues ambas religiones prohíben el consumo de la carne de chancho. Una prohibición divina que puede verificarse en la Biblia, en la Torá y en el Corán.

Además de todo lo anterior, hay que agregar que durante el tiempo en que los países hispanoparlantes americanos fuimos parte de la Colonia Española, no se permitía que ninguna persona que no fuera creyente y practicante de la Iglesia Católica Apostólica y Romana, se estableciera en estos dominios. Total que a la curiosidad intelectual nos la chamuscaron “y no hay como el miedo a una quemada”, decía mi Abuela.

Así las cosas, permítame contarle que la religión hebrea mantiene su propio calendario, el cual, de acuerdo a sus creencias inicia con la creación del mundo y a estas fechas apenas suma cerca de seis mil años. Por otro lado, esas creencias guardan una relación muy interesante con las matemáticas ya que sustituyendo las palabras por números creen poder encontrar la clave del funcionamiento del universo. En otras palabras, existe la creencia de que “el nombre de Dios”, que es el nombre que Él utilizó en sus conversaciones con Adán, con Abraham y con Moisés, para referirse a sí mismo, no podía pronunciarse ya que funcionaba como una especie de hechizo o password que hacía “que las cosas pasaran”. Esa es una idea tremenda. Un remoto antecedente de la Neuro-lingüística, de alguna manera. Por eso, en la tradición hebrea antigua a Dios se le llamaba HaShem, que significa “el nombre” y posteriormente en la España medieval, Adonay, “Mi Señor” Por cierto de ahí deriva la palabra distintiva “Don” para referirse a un adulto con cierto renombre al que se le debe respeto.

Los escribanos hebreos, para mantener el secreto, al escribirlo en sus textos utilizaron únicamente las consonantes YHWH, a lo cual se denominó como el Tetragrámaton, que literalmente significa cuatro letras. Me imagino que por eso suponemos que Dios es masculino. ¿Se imagina? Con una Diosa “cuatro letras” todos seríamos unos jijosdelarechifleishon… Pasado el tiempo y con las respectivas licencias literarias de cada sucesiva traducción, esto derivó en Yahweh, Yahvé, Yavé, Yehovah, Iehová, Jehovah y Jehová. La trama se pone interesante cuando los estudiosos de las escrituras sagradas llegaron a la conclusión que el Tetragrámaton es una combinación de la conjugación del verbo “ser” (supongo que en Arameo), que unifica el pasado “fui”, el presente “soy” y el futuro “seré” en una palabra que nos indica la sensación de presencia eterna. Tiene harto sentido.

Es así como esta cultura centra su sabiduría en el estudio de los textos sagrados tratando de descubrir el “orden de las cosas del mundo” que dependen de una serie de galimatías y combinaciones matemáticas. Tradición que conjuga la magia y el misticismo de las matemáticas, como ocurre con la Proporción Aurea utilizada por los griegos para diseñar el tamaño de las fachadas de sus templos y las proporciones de sus esculturas; y la Serie de Fibonacci, que describe la espiral en la forma de los caracoles o el orden del brote de las hojas en las ramas de ciertos árboles, por ejemplo.

Así, la trama de este libro nos revela que según esa tradición, existen en todo mundo 36 hombres justos, los que mantienen un precario balance entre el bien el mal. Y no solo eso, sino que uno de esos 36 podría ser el próximo Mesías. Resulta que alguien ha encontrado la clave para localizarlos y los está asesinando, uno por uno, en todo el mundo precipitando aceleradamente el Día del Juicio Final.

Si gusta de los rompecabezas, los crucigramas, los sudokus, descifrar claves y resolver enigmas, este libro le va a gustar. Conocerá un poco de esa otra cultura, a ratos tan familiar pero a la vez tan ajena y lo mejor de todo ¡El Santo Oficio ya no puede hacer nada al respecto! Todo sea por aprender.