“Para ser un héroe necesitas llevar una máscara”, le dijo el indio al Llanero Solitario.
Permítame recomendarle la nueva película
del Llanero Solitario, protagonizada por Johnny Depp y Armie Hammer. A mí me
ganó la música, aparte de los excelentes efectos especiales, paisajes y
vestuario, desde el instante en que la orquesta comienza a interpretar el 4°
movimiento de la legendaria y definitivamente heroica Apertura de la ópera Guillaume
Tell, de Rossini, cuando la trompeta anuncia que el rescate viene en camino. La
energía que evoca esa pieza musical es intoxicante.
El juego de relevos acelerados entre los
instrumentos de viento y las cuerdas proyecta la imagen auditiva del jinete
corriendo a todo galope sobre su caballo blanco por esos paisajes desérticos
del norte de México, salpicados de cactus y formaciones rocosas impresionantes.
La esencia del héroe enmascarado que lucha por la ley y las causas más justas
choca contra las fuerzas del mal aunque se encuentre en desventaja y aunque ese
mal se disfrace de… patriotismo.

Como muchas películas, El Llanero
Solitario, podría parecer una película cómica y entretenida que recrea una
historia de revista o comic para replantear su origen: “Cómo es que surge el
Llanero Solitario”, contado por el testigo más cercano, su fiel amigo y
compañero apache, que en realidad es comanche. Pero como toda historia que
valga la pena, la trama no es tan sencilla como aparenta ya que debajo de esa
superficie lúdica y de comicidad infantil subyace un mensaje oculto. Una
crítica directa a los Estados Unidos de América, a su gobierno, a su gente, a
sus tradiciones, a su ejército y al capitalismo voraz que permite que en nombre
del progreso, la libertad y la democracia, un puñado de hombres poderosos
maneje al resto como títeres sin cabeza ni voluntad. Así de fuerte.
Esos influyentes caballeros son los que
jalan los hilos para mandar a los jóvenes, reclutados en su ejército, a la
guerra, indoctrinados y convencidos de que van a liberar a personas inocentes
de las garras, antes del comunismo, ahora de la dictadura de algún sátrapa (que
curiosamente años atrás fueron sus mejores aliados y socios, en una situación
se ha repetido muchas veces, en muchos países, incluyendo a Osama Bin Laden y a
Saddam Hussein). En realidad esos jóvenes soldados son la carne de cañón de una
fuerza abusiva que invade países, destruye familias y comunidades enteras para
apoderarse de sus recursos naturales, arrasando todo a su paso. Esos magnates,
sin escrúpulo alguno ordenan destruir ciudades, masacrar poblaciones, erradicar
culturas y se meten en cada rincón corrompiéndolo todo para hacerse más ricos y
más poderosos. Engañan a la sociedad y manipulan a los diputados y senadores norteamericanos
para comprometerlos a invertir el dinero de la ciudadanía en sus empresas para
desarrollar nuevas armas y tecnología para espiarnos y someternos a todos.

Compran conciencias, corrompen instituciones, pervierten las leyes, financiados
por el dinero de los impuestos de la gente común. Y cuando el pueblo
norteamericano duda y cuestiona esas acciones, esos ricachones dueños de los
medios de información dan la orden a la banda y tocan el himno.


Todos se
detienen y guardan honores a la bandera y juegan beisbol, y comen hot-dogs, e
inmediatamente, como hipnotizados, olvidan todo o piensan que es mejor ser
parte de este sueño americano, aunque a ellos les toque la pesadilla de vivir
en la calle porque un banquero les mintió y se apoderó de su casa y sus
ahorros. Y la ley y la policía están del lado del poderoso y si protestas, te
golpean y te encarcelan, además de que quedas marcado, fichado. Ahora tienes
una mancha en tu archivo personal. Aunque hayan ido a pelear bajo esa bandera
rayada con estrellas, arriesgando la vida y se hayan sentido parte de “algo más
grande”, luego son abandonados sin una pierna, sin brazos, sin futuro y sin
sueños, corroídos de culpabilidad por haber matado a jóvenes enemigos indefensos,
mujeres, ancianos y niños, obedeciendo la orden de un superior. Solos enfrentan
la crisis de creer que había otra opción cuando nunca la hubo, sospechando que
alguien cometió un terrible error. Los soldados no piensan, obedecen y
ejecutan. El remordimiento viene después, así funciona la maquinaria de la
guerra. Por eso tantos quedan dañados del cerebro y ese miedo, esa violencia,
fluye como veneno cuando están de vuelta en casa e inunda sus ciudades y
destruye sus comunidades. El karma se revierte. La sensación de miedo les queda
grabada en la profundidad de sus conciencias y los hace aferrarse a sus armas
al descubrir la cara del verdadero enemigo. Ese monstruo destructor y avaro que
albergan en su propia casa.

Muchos ciudadanos norteamericanos no
entienden como puede haber gente tan mala en otros países, capaz de ir a los
EEUU a sacrificarse literalmente con tal de cometer un acto de terrorismo y
matar a un puñado de inocentes que no le hacen daño a nadie. No ven más allá
del miedo y no llegan a percibir la relación causa-efecto del daño que sus
padres, sus compañeros, sus hijos y vecinos reclutados por el ejército, del cual
parecen tan orgullosos, han causado en otras poblaciones del mundo, arrasando
vidas y destruyendo hogares, contaminando el medio ambiente hasta dejar un
vacío absoluto en los corazones de los vejados. Ven, leen y escuchan las
noticias sin tomar conciencia de lo que sus conciudadanos, están haciendo y han
hecho, durante varios siglos. No comprenden que no pueden tomarse el derecho de
invadir países sin importar el pretexto. Les llaman agresores cuando se tratan
de defender en su propia casa, para así justificar de alguna manera su presencia
y el uso de una fuerza tecnológicamente superior, como si la invasión a Vietnam
no hubiera sido un ejemplo lo suficientemente claro del error de su comportamiento, de
su política exterior absurda. Y como muestra, hay varios botones en su propia
casa. He ahí el abuso, la traición y aniquilación de las etnias nativas
americanas. Los campos de exterminio llamados “reservaciones indias” a las que
fueron remitidos los pocos supervivientes de las matanzas a los pobladores
originales de esos territorios: Comanches, Apaches, Californios, Siux, Mohicanos, Navajos y tantas otras etnias
que han aniquilado, culturas que han desaparecido para siempre.

El personaje de Johnny Depp, “Toro” en la versión
al español, representa al fiel compañero indio del justiciero enmascarado y se
llama, originalmente en inglés, “Tonto”, lo cual siempre me ha parecido
ofensivo y típico de la falta de sensibilidad de muchos gringos. Por mucho
tiempo he considerado que se trata de un error conceptual. Ávido lector de la
historieta, cuando niño, y aficionado al programa de TV de este dúo dinámico a caballo,
cuando tuve contacto con la versión en inglés, ese nombre me pareció una
incongruencia del autor, quien promovía la justicia y las causas legítimas de
los indígenas. Después de mucho análisis llegué a la conclusión de que el
mensaje original que quería transmitir el autor era que el nativo no hablaba,
que era mudo (en inglés,
dumb) y en
la película vemos que esa ausencia de lenguaje se debe a un trauma infantil
terrible. El niño indígena carga en su conciencia la culpa de que por su
indiscreción, con los 2 forasteros a los que salvó la vida y a los que enseñó
el nacimiento del río con piedras brillantes, su tribu entera fuera aniquilada,
quedando más huérfano que ningún otro ser. El caso es que como para muchos
otros norteamericanos, para el autor, ser indígena le pareció ser sinónimo de
mexicano y buscó la traducción de mudo -
dumb
en español y encontró una acepción distinta tonto - dummy. Un error grave que
nunca se remedió. Por eso se cambió el nombre del personaje al español por
Toro, a secas, aunque la tradición nativa siempre agrega un calificativo, como
el caso de Caballo Loco o Toro Sentado.
Volviendo a la trama, puede usted disfrutar
la película como una comedia de acción muy entretenida o analizar a fondo los
mensajes que no están tan escondidos, de hecho son tan grotescos y directos que
llaman la atención, pero ni modo que la prohíban en el país de la supuesta libertad
de expresión. Queda claro, que si un norteamericano con conciencia quiere
delatar los abusos y arbitrariedades que está cometiendo el gobierno o el
ejército de los Estados Unidos, más vale dejarse puesta la máscara. De lo
contrario te puede pasar lo que al oficial Bradley Manning, que fue encontrado
culpable por filtrar información comprometedora sobre las irregularidades
cometidas por el ejército estadounidense a Wikileaks.

Enfrenta la posibilidad
de pasar el resto de su vida en una prisión militar a pesar de contar con el
apoyo y aprobación de varios premios Nobel de la Paz y del ex-presidente Jimmy
Carter. O como sucedió a Edward Snowden, el analista informático contratado por
la NSA (la Agencia de Seguridad Nacional) que ha destapado la cloaca sobre la información
obtenida mediante espionaje por esa agencia gubernamental que tiene por
objetivo sustraer información confidencial de todos los gobiernos de todos
países, aliados o no, e incluso a sus propios conciudadanos, sin que ellos lo
sepan, amparados en su lucha contra el terrorismo. Este joven con conciencia se
la ha pasado atrapado en el aeropuerto de Moscú por más de un mes, hasta hace
unos días, en que recibió asilo político del gobierno ruso.

Finalmente, cabe mencionar el encomiable propósito
de Johnny Depp de donar sus ganancias en esta película para comprar un rancho
que es parte del territorio sagrado de la tribu Comanche. Este lugar fue
convertido en una reservación india mediante acuerdos de no agresión signados
por el presidente de los EEUU con los jefes de la tribu y luego, traicionando
el acuerdo, la tribu fue atacada sin previo aviso, siendo enviados los pocos
supervivientes a otras reservaciones donde no tenían arraigo. El gobierno vendió
la propiedad a un particular. Esa propiedad está ahora a la venta. Una historia
de película para denunciar una infamia histórica y perfectamente documentada.