Dublinesca
Enrique Vila Matas
La lectura de este entretenido libro de
Enrique Vila-Matas, excelente escritor catalán, no fue sencilla ya que tuve que
investigar y refrescar un poco la memoria con respecto a la vida del escritor
irlandés James Joyce, del que se hace referencia en todo momento, de sus
personajes y de su natal Dublín. Joyce fue el autor del libro llamado Dublineses, del que toma el nombre este otro
libro y quién, de acuerdo a muchos estudiosos de la literatura, revolucionó la
narrativa moderna con sus escritos en inglés, destacando sobre todos, Ulises y su obra final, Finnegan’s Wake, que aparentemente
centra su trama sobre el velorio de un albañil y está considerado como uno de
los libros más difíciles de comprender.
James Augustine Aloysius Joyce (Dublín, 2 de febrero de 1882- Zurich, 13 enero 1941)
Ese detalle me consternó profundamente ya
que siempre he pensado y entendido que entre más claro y sencillo sea el
mensaje y el lenguaje utilizado para transmitirlo, tanto mejor para que una
mayor audiencia lo comprenda y lo disfrute. Un mensaje críptico y rebuscado, utilizando modismos, regionalismos
e inventando nuevas expresiones no tendría como objetivo el penetrar en una
audiencia numerosa, aunque sí explorar nuevas formas de expresión literaria. Me
queda claro que los grandes genios del pasado, trátese de la forma de arte de
la que se trate, generalmente se adelantaban a su tiempo y su forma de
expresión, siempre muy personal y hasta íntima, era criticada, rechazada e
incomprendida hasta muchos años después de su muerte, razón por la cual vivieron
aislados, muchas veces tristes y faltos de recursos debido a que su arte no tenía
aceptación ni demanda, se vendía poco y a precios irrisorios, comparados a los
que alcanzarían unos años después, en las subastas actuales. Así se comportaba
la sociedad hasta hace unos cuantos años ante las grandes aportaciones al
pensamiento de la humanidad, a la ciencia, a la técnica, a las artes. Una
compleja paradoja de valores ya que esos personajes, trascendentes y exitosos
en su realización, vivieron vidas obscuras, muchas veces solitarias y tristes,
invadidas por escasez y la miseria. Curiosamente, se veían rodeados de otros genios
y personas trascendentes y después famosas, pero que en esos momentos apenas si
sobrevivían decorosamente de la actividad que los haría famosos.
Acerca de James Joyce, me consternó volver
a leer sobre su vida, un tanto lúgubre e invadida por las limitaciones
económicas, enfrentando situaciones vulgares y comunes a cualquier otro ser humano
y sin embargo, alcanzó a convertirse en un monstruo de la literatura universal.
Nunca disfrutó un instante de paz y tranquilidad, nunca conoció la seguridad
financiera y sufrió constantemente de una salud precaria, sometido
constantemente a operaciones oftalmológicas, que en esos tiempos deben haber
sido muy riesgosas y afligiéndolo enormemente al depender de su vista para
escribir, además del dolor físico de la recuperación. Definitivamente, la vida
no es justa, nunca lo ha sido.
Dublinesca, el reciente divertimento
literario de Enrique Vila-Matas, se desarrolla en Barcelona y Dublín, y juega
con su propio pasado introduciéndonos en descripciones familiares relativas a
su relación marital, las visitas de todos los miércoles a casa de sus padres, y
su creciente y constante problema con el alcohol. El choque con su realidad me
causó un enorme impacto, al descubrir al editor retirado que ha perdido toda
ilusión en esta vida y no se siente orgulloso de lo realizado, con excepción de
sus estancias en Nueva York. Sigue buscando “al escritor” genial al que va a
descubrir, de la misma manera en que un productor descubre a un grupo de
chamacos que se convierten en The Beatles. Pero no lo encuentra, no lo descubre
y nunca pierde del todo la esperanza. Y todos los miércoles vuelve solo, a
visitar a sus padres en ese ritual disfuncional donde cada loco desarrolla su
tema mientras cruza algunas palabras con los otros dos, en esa sala añeja que
se ve aglomerada de cuadros antiguos y espíritus de parientes que se rehúsan a
partir definitivamente, y cuyos fantasmas fuman puros y cigarrillos en los
pasillos y en la puerta del patio, inundando de aromas y recuerdos la vieja
casona de su infancia. Y como la vida misma, el libro va entretejiendo la
realidad de este editor en retiro con sus sueños y ocurrencias y recuerdos,
mientras su pareja, distante pero presente, decide cambiar de religión y de
dieta, rompiendo con la tradición y los mandamientos como ocurre a cada
instante hoy en día, sobre todo de manera tan notoria en España, donde los
contrastes se hacen más marcados por la carga de ayeres casi primitivos con la
modernidad tecnológica actual enmarcada en su exquisita y moderna arquitectura,
así como su inclusión en Unión Europea.
Esa desesperanza satura la lectura de estas
hojas, enhebrando una prosa fluida que repentinamente se atasca, se anuda
siguiendo los trazos estilísticos de Joyce, que pareciera que intenta
confundirnos para verificar si en realidad estamos prestando atención o nada
más hacemos como que leemos. Al final descubrimos que se ha afianzado y
rescatado un cúmulo de referencias culturales importantes que nos ayudan a
interpretar el desbarajuste de la extrañamente lógica realidad que nos ha
tocado vivir. El réquiem por la Era de Gutemberg no acaba de hacer efecto como
aún no se acaba de popularizar el hábito de la lectura en papel, mucho menos en
un dispositivo telemático con tantas aplicaciones que acaban distrayendo y
diluyendo la intención más sincera del más aplicado hikikomori. Nos descubre un mundo, no en sus palabras, sino en el
proceso de entenderlas y ponerlas en contexto, en este mundo globalizado y aparentemente
incoherente, que necesita de la aportación de todos para darle sentido y
viabilidad. Y como quien manda un “like” en el feisbuc, gracias Enrique, he
disfrutado mucho de este divertimento Joyciano.
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