Siempre me ha llamado la atención la manera en que los psicólogos y los psiquiatras se internan en la trama de la vida de sus pacientes para tratar de descubrir el momento en que se dañó la autoestima, en que sobrevino el trauma y/o la frustración, como quien está buscando una escena específica en una serie de televisión vieja donde se tiene la oportunidad de revisar todos los capítulos anteriores. Para entender esa trama se necesita aprender los nombres y las características de los personajes involucrados, desde el punto de vista del narrador, que de alguna manera debería ser el actor principal aunque no pocas veces aparece como un actor de reparto o un “extra”. Para el analista es como vivir enfrascado en la vida de otras personas y como asesor, trata de aconsejar, orientar y guiar a cada paciente para que tome la mejor decisión y realice ciertas acciones para desenrollar algún nudo gordiano que lo estrangula.
Todos conocemos de las vicisitudes en la vida de los demás y hemos experimentado la manera en que puede afectar el saber lo que ocurre en esa trama, en la que está uno de “oyente” y a veces como actor. Ya sea como compañero, como hermano, como hijo, como padre o como amigo, es impresionante la carga emocional y el agotamiento que provoca participar. También es desesperante el lento pasar del tiempo para conocer el desenlace y constatar cómo reaccionaron las partes ante un determinado acontecimiento. Puede ser adictivo y definitivamente llega a ser emocionalmente extenuante. Ahora imagínese la inquietante situación que representaría el escuchar las vivencias y problemas de 5 o 6 pacientes en un día y así cada día laboral de la semana y del mes. Como la mayoría de las consultas a las que asiste un paciente de terapia son cada semana o cada 15 días, dependiendo de la gravedad del asunto, imagine la cantidad de historias, actores y dramas con los que tendría que familiarizarse para poder apoyar efectivamente a cada paciente. Por más que le gustara a uno el chisme, no quedaría tiempo, ni espacio, en el disco duro de nuestro cerebro, para tener una VIDA propia. Me imagino que sería, de alguna manera y perdonando la comparación, como ser una comadre lavandera de vecindad que se mantiene al tanto de “la vida y obra” de más de 50 personas. La cantidad de información puede llegar a ser impresionante.
Parte importante del entrenamiento de estos profesionales de la salud mental, estriba en aprender a no involucrarse en la trama, no generar afectos y no tomar decisiones por las personas a las que tratan de ayudar. Es más común de lo que uno podría imaginarse que la situación a la que se enfrenta el paciente se le antoje al que escucha. Sobre todo si su propia vida es aburrida y un tanto vacía de emociones. En ocasiones, el analista se ve atraído por la personalidad, la situación económica, el entorno o incluso por el físico del o de la paciente, y apoyados en esa relación de confianza que se establece con el que escucha, acaban por enamorar y enamorarse, cuando deberían estar ayudando, y como decían los merolicos de banqueta “atrás de la raya que estoy trabajando” (Eso ocurre en la serie de TV “Gary Un/married”, por ejemplo, en la que la esposa del protagonista se enamora del psiquiatra y deja al esposo para casarse con su analista)
Por esa razón, en otros países (no he escuchado que esos controles existan en México pero realmente lo ignoro) los analistas, ya sean psicólogos, psiquiatras o filósofos, para poder ejercer la práctica necesitan pertenecer a una asociación que avale y certifique su preparación y desempeño, escuche quejas de abuso y puede llegar a suspender y hasta multar y expulsar al Profesional de la Salud Mental que viole el Código de Ética establecido y aceptado por el gremio.
En este libro, que surge como heredero de la fama que Elizabeth Kostova obtuvo en su publicación anterior (La Historiadora), se sumerge en la vida de un competente, serio, formal, confiable, correcto y aburrido psiquiatra que como atractivo personal resulta ser un artista aficionado a la pintura, actividad que llena sus escasos tiempos libres y que comparte con un paciente que padece un serio problema de comportamiento. Este paciente refleja a lo largo de su descripción una serie de detalles que nos revela un profundo conocimiento de los desórdenes mentales típicos de las personas creativas, por parte de la autora. Me refiero a esos comportamientos, de alguna manera característicos de algunos pintores famosos y que la sociedad califica de excéntricos. Salvador Dalí, José Luis Cuevas, Pablo Picasso, Vincent Van Gogh, Paul Gauguin, por mencionar a algunos, podría considerarse que no estaban del todo bien de sus facultades mentales y que se balanceaban entre la genialidad y la locura, aunque la línea que separa a los que supuestamente están bien de los que no, es muy tenue y rara vez es recta.
Además de lo anteriormente relatado, destaca el conocimiento del que hace gala Elizabeth Kostova sobre el desarrollo del movimiento pictórico, para mi gusto, más atractivo en la Historia del Arte en Occidente: El Impresionismo. La autora nos inventa a un personaje que inserta entre la baraja de protagonistas de este movimiento con epicentro en Francia de tal forma que emociona descubrir a esta artista y su historia particular, la cual encaja a la perfección con la excentricidades de los demás integrantes de los ISMOS pictóricos de finales del siglo XIX y principios del XX. Le recomiendo mucho este libro que ilustra al intelecto y al alma de muchas maneras. www.theswanthieves.com
Cosa que tratamos de elevar el nivel de lectura per cápita en México, lo cual no estaría nada mal.

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