Imagine por un instante que el planeta Tierra mantiene un orden dado por la Naturaleza, por la Divinidad, una combinación de factores que los intelectuales y los estudiosos de la religión y la ciencia han tratado de develar desde el origen de los tiempos. Y este orden incluye a la humanidad completa y su comportamiento, el rol de cada individuo dentro de la comunidad global. Para que funcione, este planeta con todo lo que vive en él, requiere de un balance y si se rompe se puede precipitar una situación crítica. El día del juicio Final, provocado a propósito.
Me da la impresión de que el autor de este libro trata de hacer algo similar a lo que hizo Dan Brown con el Código Da Vinci, una trama de intrigas que hace alusión a la tradición de las sociedades secretas incrustadas en los países de religión Cristiana y sobre todo en esa relación de conflicto con el poder de la Iglesia Católica. En el caso de este libro, Sam Bourne se sumerge en una intriga que se enreda en la tradición hermética de la religión y cultura judía que incluye a la Cábala o Qabbaláh, el Árbol de la Vida y la estructura del conocimiento de los Rabinos y sus grupos de estudio.
Es interesante que en la mayoría de los países tradicionalmente católicos se ignore tanto acerca de la religión y las tradiciones propias de los judíos. Sin embargo, resulta paradójicamente fácil de comprender. Tenemos más o menos de 200 años de independencia (México) y de que desapareció el Santo Oficio, la temida y cruenta Santa Inquisición Española, lo cual explica este fenómeno. Inmersa en esa leyenda negra, la cultura latinoamericana mantiene muchos elementos que perduran a través de los tiempos. Uno de ellos es el evitar a toda costa la curiosidad de saber acerca de las costumbres y tradiciones de las personas que practican otras religiones, en especial la religión de Jesús.
En tiempos remotos, eso podría atraer las sospechas del Inquisidor General y sus alguaciles, lo que significaría la desgracia para la familia, de una u otra manera. El infame fraile agustino, confesor de su Majestad, la Reina Isabel I de Castilla, Tomás de Torquemada, encargado de la Santa Inquisición, fue más temido que el mismo Diablo. Los historiadores del Santo Oficio dan fe de los más de 10,000 homicidios en la hoguera y alrededor de 27,000 torturados y exiliados bajo su mandato, “en nombre sea de Dios”. Eso seguramente le quita lo curioso a cualquiera y el efecto se ha perpetuado por muchas generaciones.
Un dato interesante sobresale a este respecto. A los judíos en España no se les juzgaba solamente por tener creencias religiosas diferentes a las católicas, sino más bien por ser descendientes de los judíos que habían causado la muerte de Jesús (quien por cierto era judío). Por tal razón, podían acusar a una persona de ser un judío converso (que se había vuelto cristiano tratando de evitar la persecución), razón suficiente para declararlo culpable, incautarle sus bienes y condenarlo a muerte en la pira o desterrarlo, en el mejor de los casos. Situados en la Historia de la Península Ibérica, dominada durante 8 siglos por el Islam, finalmente los musulmanes fueron derrotados por los católicos en el mismo año en que Cristóbal Colón descubrió el nuevo mundo (sin saberlo). Los Reyes Católicos (recordáis que “tanto monta, monta tanto, Isabel como Fernando”) se habían impuesto la tarea de erradicar a todo infiel de entre su población, a lo cual ahora se le define como limpieza étnica-religiosa, un crimen de guerra. Por entonces se decía que “los pecados no son de España sino del tiempo” y santa paz. Es curioso, por cierto, que esta persecución no se realizara a rajatabla, ya que son bien conocidos muchos apellidos que adoptaron estos judíos o musulmanes conversos a los que peyorativamente se les llamaba “marranos”, precisamente por comer carne de cerdo, practica exclusiva de los cristianos.
Generalmente estos apellidos conversos tomaban nombres de animales, de cosas o eran adecuaciones al sonido del apellido original. Tal es el caso de Calderón o Fuentes (cosa), Garza o Becerra (animal) y Benavides (del árabe Ben-hijo y Avid-guerrero valiente). Por si las moscas, de ahí surge la costumbre española de tener una pierna de cerdo colgada cerca de la puerta de la vivienda o negocio. En caso de encontrarse algún sospechoso rondando y vigilando nuestros movimientos (posiblemente un espía del Santo Oficio), se cortaba una tajada de la pierna y se le comía ahí frente a todos, señal de que no se practicaba el judaísmo ni se seguían las enseñanzas de Mahoma, pues ambas religiones prohíben el consumo de la carne de chancho. Una prohibición divina que puede verificarse en la Biblia, en la Torá y en el Corán.
Además de todo lo anterior, hay que agregar que durante el tiempo en que los países hispanoparlantes americanos fuimos parte de la Colonia Española, no se permitía que ninguna persona que no fuera creyente y practicante de la Iglesia Católica Apostólica y Romana, se estableciera en estos dominios. Total que a la curiosidad intelectual nos la chamuscaron “y no hay como el miedo a una quemada”, decía mi Abuela.
Así las cosas, permítame contarle que la religión hebrea mantiene su propio calendario, el cual, de acuerdo a sus creencias inicia con la creación del mundo y a estas fechas apenas suma cerca de seis mil años. Por otro lado, esas creencias guardan una relación muy interesante con las matemáticas ya que sustituyendo las palabras por números creen poder encontrar la clave del funcionamiento del universo. En otras palabras, existe la creencia de que “el nombre de Dios”, que es el nombre que Él utilizó en sus conversaciones con Adán, con Abraham y con Moisés, para referirse a sí mismo, no podía pronunciarse ya que funcionaba como una especie de hechizo o password que hacía “que las cosas pasaran”. Esa es una idea tremenda. Un remoto antecedente de la Neuro-lingüística, de alguna manera. Por eso, en la tradición hebrea antigua a Dios se le llamaba HaShem, que significa “el nombre” y posteriormente en la España medieval, Adonay, “Mi Señor” Por cierto de ahí deriva la palabra distintiva “Don” para referirse a un adulto con cierto renombre al que se le debe respeto.
Los escribanos hebreos, para mantener el secreto, al escribirlo en sus textos utilizaron únicamente las consonantes YHWH, a lo cual se denominó como el Tetragrámaton, que literalmente significa cuatro letras. Me imagino que por eso suponemos que Dios es masculino. ¿Se imagina? Con una Diosa “cuatro letras” todos seríamos unos jijosdelarechifleishon… Pasado el tiempo y con las respectivas licencias literarias de cada sucesiva traducción, esto derivó en Yahweh, Yahvé, Yavé, Yehovah, Iehová, Jehovah y Jehová. La trama se pone interesante cuando los estudiosos de las escrituras sagradas llegaron a la conclusión que el Tetragrámaton es una combinación de la conjugación del verbo “ser” (supongo que en Arameo), que unifica el pasado “fui”, el presente “soy” y el futuro “seré” en una palabra que nos indica la sensación de presencia eterna. Tiene harto sentido.
Es así como esta cultura centra su sabiduría en el estudio de los textos sagrados tratando de descubrir el “orden de las cosas del mundo” que dependen de una serie de galimatías y combinaciones matemáticas. Tradición que conjuga la magia y el misticismo de las matemáticas, como ocurre con la Proporción Aurea utilizada por los griegos para diseñar el tamaño de las fachadas de sus templos y las proporciones de sus esculturas; y la Serie de Fibonacci, que describe la espiral en la forma de los caracoles o el orden del brote de las hojas en las ramas de ciertos árboles, por ejemplo.
Así, la trama de este libro nos revela que según esa tradición, existen en todo mundo 36 hombres justos, los que mantienen un precario balance entre el bien el mal. Y no solo eso, sino que uno de esos 36 podría ser el próximo Mesías. Resulta que alguien ha encontrado la clave para localizarlos y los está asesinando, uno por uno, en todo el mundo precipitando aceleradamente el Día del Juicio Final.
Si gusta de los rompecabezas, los crucigramas, los sudokus, descifrar claves y resolver enigmas, este libro le va a gustar. Conocerá un poco de esa otra cultura, a ratos tan familiar pero a la vez tan ajena y lo mejor de todo ¡El Santo Oficio ya no puede hacer nada al respecto! Todo sea por aprender.
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